Mostrando entradas con la etiqueta amor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta amor. Mostrar todas las entradas

viernes, 12 de noviembre de 2010

¿Qué hacer con aquello que hicieron de nosotros?

A Diego


Desde que vi el nuevo tema para el carnaval de blogs de Tarkus Kids, y tal vez desde antes, esta pregunta me acompaña, me ronda, la encuentro en los lugares más insospechados.

Somos hijos de un momento familiar, de una historia social, política, económica y religiosa; de un contexto, un país. Hijos de los sueños que nuestros padres dibujaban durante nuestra niñez y de los miedos que los asaltaron. Hijos de los abrazos, mimos, te amos, que recibimos y desafortunadamente también de los basta ya, no molestes, no me hagas enfadar, estate quieto; cuando no de los gritos, golpes, abusos y maltratos.

Así somos nosotros, un cúmulo no solo de aquello que vivimos sino de aquello que quienes nos precedieron vivieron. Nuestras creencias y prácticas  son nuestras en tanto que las repetimos, pero la mayoría de las veces no fueron creadas por nosotros, su construcción, su origen puede incluso perderse en el tiempo de un linaje y una sociedad

Hemos aprendido a ser a veces en medio de la mayor adversidad (el desamor y la indiferencia), porque así aprendieron nuestros padres, nuestros abuelos y quien sabe cuantas generaciones hacia atrás. Muchos hemos aprendido la generosidad, el contacto, la entrega, el cuidado a través de cartillas, discursos, imágenes para colorear. Por suerte para todos existe por lo menos una, una pequeña experiencia de amor y cuidado a la que podemos aferrarnos con pasión infinita.

Hemos crecido en la cultura del no sentir, no preguntar, no necesitar amor y contacto. Y así con todo lo mejor y lo no tan bueno que hemos recibido vamos construyendo un personaje, una defensa que no tiene otra función que sobrevivir y adaptarse a esta sociedad, donde además converge lo nuestro, pero también lo de nuestros padres, abuelos y seguimos contando…

Hasta aquí todo se mueve dentro de los parámetros acordados y conocidos, dentro de las reglas que hemos ido construyendo como sociedad y que hemos aceptado sin más, tal vez porque una de las frases que más escuchamos y decimos a los niños es; así es la vida, que le vamos a hacer!.Lo que es igual a decirle: no  pienses que total otros ya lo hicieron por ti y mira que bien les ha salido y tampoco te pongas a cambiarlo que para esfuerzos los justos; pero eso es tema aparte…

Años de esfuerzo nos ha llevado “controlar” nuestra vida y acallar nuestra voz interna hasta que de golpe, porque planeado o no, deseado o no, la maternidad y la paternidad se concretan de un momento para otro, la corporeidad de ese hecho aparece en un instante llenándolo todo con sus pasmosa presencia. Así que de golpe nos encontramos cara a cara con una vida que depende de nosotros, que reclama y merece lo mejor de nosotros. Y el personaje que hasta entonces hemos creado para sobrevivir empieza a desmoronarse, entra en crisis, porque esta pequeña y potente existencia no entiende (gracias a la vida!) de normas, acatamientos, obediencias debidas y poder por "edad, dignidad y gobierno". Esta pequeña y potente existencia solo entiende de amor o abandono y lo entiende en lo concreto, no en el terreno del discurso que todo lo aguanta, el de lo abstracto que construye imperios en arenas movedizas.

Así que aquí estamos con todas las defensas armadas, todos los guiones ensayados y todas las acciones aprendidas frente al mayor "adversario" (gracias hija por llegar a mi vida) que jamás podrá encontrar nuestro modelo de desamor y abandono, nuestras creencias de ganar y perder. Este increíble adversario capaz de romper todos nuestros esquemas y creencias, con hambre de amor y contacto sin excusas.

Y podemos elegir, siempre podemos elegir, aún en las peores circunstancias ese es nuestro derecho, podemos decidir reforzar nuestra armadura, redoblar nuestras defensas, anquilosar aún más nuestros paradigmas y perpetuar así este linaje desamorado y desamparado o podemos rendirnos ante al amor y sus demandas y deshacer el camino de regreso a casa, allí donde nos gestamos y construimos como seres. Porque tal vez la única forma de no convertirnos en los monstruos que aterroricen las noches de nuestros hijos es hacerle frente a nuestras propias pesadillas y amarguras. Es saber que ya no somos ese niño que fuimos adolorido y amedrentado, que ahora contamos con recursos y fortalezas, ahora sabemos además el secreto más grande: a pesar de todo sobrevivimos, a pesar de todo aprendimos a reír, a amar. Ahora ya no somos como aquel que fuimos, aunque sigamos pensando y actuando igual, ahora podemos transformarnos también para nosotros mismos en el adulto amoroso y valiente que cuida de ese niño interno.

No es fácil andar entre tinieblas, nunca lo es. Y siempre seguiremos dando la batalla, tratando de prevalecer frente a ese otro, que cosa curiosa es también lo más amado, pero creemos nos roba la vida.

Son años y siglos de construcciones basadas en el miedo, el abandono, la dualidad. Años de férreo entrenamiento que nos acompañan diariamente aún cuando nos prometemos mirándonos y mirándolos (a nuestros hijos) a los ojos que vamos a hacerlo distinto, que vamos a seguir desaprendiendo y resignificando.

Cada uno encuentra su propio camino para desenmarañar el nudo que nos atenaza, y menos mal es así porque a este mundo lo trae de cabeza las recetas homogenizantes y “milagrosas”. Lo importante creo yo, es emprender esa aventura sin importar la edad de nuestros hijos, ellos siempre serán los pequeños y nuestro camino siempre repercutirá en ellos.

Sin más vueltas, me atrevo a afirmar, que el impedimento más grande que tenemos para criar a nuestros hijos de la forma que soñamos y queremos, somos nosotros mismos. Nuestro personaje es lo que más separa a los padres que somos de aquello que queremos ser. Más que la familia o el entorno social y político el verdadero ambiente adverso es el que habita en nosotros, ese es el caldo de cultivo para repetir historias. Y no se trata de seguir añadiendo “deberes ser”, ni imposiciones dogmáticas e inflexibles, se trata de reencontrarnos con nuestra profunda humanidad esa que se conmueve y apasiona con la vida y sobre todo con ese raudal de amor que nos ha hecho sobrevivir como especie.

Una paternidad/ maternidad consciente, creo yo, pasa por el hecho de  hacernos conscientes (valga la redundancia) y responsables del niño adolorido que llevamos dentro, de encontrar preguntas a las respuestas que nos dieron y de hacernos cargo de aquello que hicieron de nosotros, para sanarlo y engrandecerlo, porque además a estas alturas no somos víctimas, somos responsables.

La buena noticia: “todo tiempo es tiempo para cambiar lo tiempos”  (Nelson Osorio Marín, mi papá)

Tal vez te interese
Marcar la diferencia

jueves, 11 de noviembre de 2010

Lo siento hija...

No voy a pedirte disculpas, porque no voy a ponerte en la obligación de perdonarme.

Solo quiero que sepas que lo siento, por todas aquellas veces en las que me miraste buscando amor y mis ojos no supieron entregártelo, porque el amor siempre está ahí. Soy yo con mis años de aprendizaje y corazas, mis heridas y carencias, soy yo la que aún no termina de entender que un segundo de amor puede disolver y prevenir años de dolor y enojo, soy yo la que aún no comprende la fuerza de la fragilidad y va por la vida con la armadura puesta.

Lo siento hija, por todas aquellas veces que te he hecho sentir que tu eras el problema, cuando he sido yo, he sido siempre yo, con mis miedos, mis vacíos, mi mundo adulto y sus mezquindades. Yo con mi historia vivida, mis "verdades" aprendidas, mis defensas construidas. Soy yo hija, con mi paradigma viejo y obsoleto donde solo es posible ganar o perder. Yo que sigo creyendo a veces que tener la razón vale más que generar el encuentro.

Lo siento por todas las veces en que no he sabido transitar mis límites e impaciencias y la escena ha terminado en grito, cuando además es tan fácil subirse a lomos de tus sueños e irme por un rato a vivir en otro cuento.

Por todos los momentos en los que en vez de un juego puse un ¡ahora no! Por marcarte límites donde debería haber un mundo por explorar y descubrir, un asombroso universo donde reinventarnos y reinventar el mundo. Por creer a veces que contención y seguridad es igual a comodidad personal

Por las horribles veces en las que he puesto lágrimas en tus ojos en vez de risas en tus labios.

Lo siento por encerrarme en mi mundo, con mis afanes de protagonismo, mis miedos de abandono, mis egoísmos y yoísmos; cuando el tuyo es el nuevo, el inclusivo que me invita a crear y descubrir.

Por todas las veces que he impuesto sobre ti mis expectativas y sueños. Soy yo que aún arrastro sueños incumplidos, mis “podría haber sido” y no me hago cargo de mis anhelos profundos.

Hija, llegaste a mi con toda la fuerza de la vida nueva que se abre paso sin pedir permiso, rompiendo todos mis esquemas y desmontando mis cimientos y yo aún a veces siento vértigo al cambio, miedo a saltar en tu revolucionario universo.

Este mundo lo camino desde hace algunos años más que tú y desafortunadamente las heridas y tristezas todavía se me agolpan en la garganta, los ojos, los brazos y el corazón. Y lo que es peor, las creencias heredadas, las verdades acatadas aún me impiden ver lo obvio de tu vida y el mundo que con tu amor y presencia propones construir.

No soy culpable ni tampoco víctima de nada de esto, solo responsable y es desde ahí, con todo lo bueno y lo no tan bueno que hay en mi, desde donde te digo: lo siento hija, sigo aprendiendo.


Tal vez te interese
Siembras papas, crecen papas

martes, 9 de noviembre de 2010

Cuando los hijos son motor

A mi mamá quien siempre me ha dicho "tú me abriste el camino"

Habitualmente  escucho " ¡no puedo por mis hijos!" (desde que xxxx nació ya no puedo, no alcanzo, no llego…) o lo que es peor “mi hijo no me deja”. Hemos normalizado el hecho de ver y hablar de  nuestros hijos y nuestra maternidad como un impedimento, una limitación, un problema. A mí sin ir más lejos a veces me miran como a una pobre y sacrificada mujer (cuando no tonta y retrógrada) y me preguntan con cierto dejo de lástima y preocupación ¿qué estás haciendo con tu vida? Parece como si mi vida estuviera estancada, anulada, terminada, solo por el hecho de no estar inserta en el mundo laboral y productivo de manera formal, la conclusión final a la que suelen llegar mis interlocutores en estos casos, es que no estoy haciendo nada, no soy útil a la sociedad.... porque lo único que hago es criar a un ser humano! mi humilde contribución.

Hemos creado una sociedad donde el eje somos los adultos, donde lo importante es producir y consumir, donde vales en la medida que tienes y donde la niñez es un mal necesario, en el mejor de los casos una etapa para condicionarlos y educarlos a ser, hacer y tener lo que esperamos de ellos. Pocas son las miradas que hablan sobre lo que ellos necesitan o esperan de nosotros,  que digo yo sería lo lógico

A veces parece que estamos esperando que nuestros hijos crezcan, que dejen de ser niños rápidamente y se conviertan en adultos productivos e independientes para volver a la normalidad de nuestras vidas, para volver a tener el control. La crianza, los primeros años de nuestros hijos son como esa etapa oscura y fastidiosa de la que hay que salir lo antes posible (mejor tenlos seguiditos así pasas por eso rápido, una vez vayan al colegio respirarás más tranquila) desde esa creencia no tiene que extrañarnos que estemos delegando la crianza de nuestros hijos y a veces también los vínculos de amor y apego en terceros, ya sea el jardín, la escuela, la niñera, etc.

Ojo! No pienso, ni creo, ni quiero que nuestras vidas se detengan cuando llegan los hijos y nos pasemos las horas muertas contemplándolos. Pero tampoco que generemos “contenedores” de niños para que no estorben, o que incluirlos en nuestras vidas sea sinónimo de imposibilidad y limitación. Pienso que la mejor forma de construir sociedad es en comunidad y esa comunidad nos incluye a todos, al planeta también.

Mientras sigamos excluyendo, seguiremos generando sociedades y relaciones basadas en el poder, la discriminación, la competencia y la existencia de jerarquías, porque siempre existirán  “los importantes” y los que deben replegarse, los que lo saben todo y los que tienen que aprender según les dicen, los que dictan y los que acatan. Decirle a un niño, con palabras y sobre todo con nuestros actos que sus necesidades no serán atendidas ni tenidas en cuenta si se contraponen a las nuestras o que sus deseos son válidos en la medida que respondan a los nuestros es enseñarles que el mundo y las relaciones se tratan de ganar o perder y de “sálvese quien pueda” y ese desafortunadamente es el mensaje imperante que les estamos dando no solo como padres sino como sociedad.

Hemos invisibilizado a los niños, hemos cerrado ojos y oídos a sus pedidos, a lo evidente de sus necesidades, porque para sostener esta sociedad que hemos creado es indispensable generar seres carentes de voz y voto (además de amor, mirada y contención) que cuando crezcan encuentren en la acumulación, la competitividad y el consumo una respuesta a la falta de vínculo primario. Lo que sería realmente revolucionario es una sociedad que apoye e incluya al niño como ser completo y no como sujeto por hacer; que lo mire con respeto, amor y lo nutra en los años decisivos de su existencia.

Sin embargo, los niños abren caminos, no en vano vienen al mundo a través de un canal que antes estuvo cerrado, no por nada entran a la vida abriéndose paso con decisión y fuerza y requieren de nosotras apertura y de nosotros (padres y madres) entrega y sostén. Si nos conectamos con ellos, con esa vida que late y de la que ahora somos responsables el mundo nunca volverá a ser el mismo! Y no queda otra que cuestionar las cosas, sanar heridas, encontrar una nueva visión y alternativas distintas para no repetir historias, para no hacer de ellos aquello que hicieron de nosotros. Al caminar a su lado, acompañándolos en su mundo, vemos las cosas con nuevos ojos, ojos de niños que todo lo preguntan, todo lo cuestionan y de todo se asombran.

Y tal vez tanta maternidad me esté volviendo un poco esquizofrénica, pero empiezo a creer, porque ya lo siento, que junto a ellos se abre la posibilidad de plantearnos  las cosas desde una triple mirada, aquellos que fuimos, aquellos que somos y aquellos que ven y escuchan a sus hijos y por ende  reciben una nueva lectura de la realidad. Eso a mi juicio da lucidez y amplía el nivel de conciencia.

Me atrevo a soñar y a vivir la maternidad como un estado creativo y de inspiración, un motor que me impulsa a revisarme y revisar el mundo que me rodea. Es impresionante la cantidad de cosas que antes pasaba, validaba, normalizaba y que ahora son inaceptables, tanto en mis prácticas como en lo que el mundo trae. Tantas cosas que di por sentadas y de las que ahora me niego a ser cómplice. La maternidad a mi, me ha sacado de la zona de confort, de ese lugar de “piensen por mi”, “no vale la pena luchar”, “si siempre se ha hecho así…”

Y esta no es solo mi experiencia y la de Guido, cada vez nos llegan más noticias e historias de mujeres y hombres que han asumido el reto de criar y no solo de tener de un hijo, aquellos que han encontrado preguntas a las respuestas que la sociedad les ha dado, es más que se han atrevido a cuestionarse sus propias certezas. Rebeldes cotidianos que han ido encontrado en la relación con sus hijos un modelo de interacción y no de intervención y que han optado por hacer de la bandera más revolucionaria, el amor y el respeto, una forma de vida y aprendizaje.

Ahora yo me pregunto, ¿qué pasaría si asumimos así no solo individualmente a nuestros hijos, sino como sociedad a todos nuestros niños, si entendemos que este mundo más que el legado de nuestros padres es el derecho y patrimonio de nuestros hijos, que más que conservar la tradición se trata caminar de la mano con el futuro?


Tal vez te interese

sábado, 6 de noviembre de 2010

Marcar la diferencia





Ayer leí este maravilloso artículo, Cumpliendo Sueños de Sonsoles de Respetar para Educar  (una página imprescindible)  y llevo con el dando vueltas, acompañándome desde ese momento, como una vocecita que me susurra, me hace recordar y reflexionar...

Yo fui una niña “anormal”, nacida en una familia muy poco convencional, en un entorno  más que diferente, en un país de realismo mágico. Mi padre fue un hombre coherente, mi madre aún lo es, muy coherentes,  creo que solo en una cosa hicieron oídos sordos a su coherencia y con ello me pusieron en el lugar de no encajar; la elección del colegio, un colegio normal con todos los artilugios de la educación tradicional! Estoy segura, ahora que miro hacia atrás que esa decisión la tomaron cada uno desde su niño interno, desde aquel que cada uno fue, dolido de ser el diferente, sobrepasados por nadar siempre a contra corriente, con las burlas y críticas que recibieron rondándole en los oídos. Fue una decisión desde esos niños que fueron y no desde los adultos que eran, que sobrevivieron eso y se hicieron grandes en su diferencia.

Lo cierto es que yo quede atrapada entre la “anormalidad” (léase libertad y respeto) de mi familia y la “normalidad” (léase represión y uniformidad) de mi desafortunado segundo hogar. Con otro sistema escolar y otra realidad social eso podría haber sido más llevadero, pero tal y como están pensados eso ámbitos en el país en que nací y crecí el segundo hogar tiene la fuerza (a fuerza de horas de presencia y realidad impuesta) de erigirse en un todo poderoso condicionante, un referente vital en la construcción del yo y el mundo circundante. No nos digamos mentira, cuando vas al colegio 8 horas por día, esa realidad artificial y alterna se transforma en la más potente e indiscutible verdad.

Con lo cual crecí con la sensación de no encajar, de no pertenecer, de ser mala o tener algo erróneo y equivocado en mí. Con todo el dolor, por la niña que fui, por mis padres y los niños que fueron,  puedo decir que ellos desde su miedo repitieron conmigo la historia. Afortunadamente nunca dejé de tener padres “anormales” y de ser una niña “anormal” y hoy puedo cuestionar la "normalidad" de esta sociedad, que para mi no es más que otra forma de promover la esclavitud a un sistema que carece de amor, alegría, sueños cumplidos, autonomía y creatividad.

No creo que exista eso de ser "normal", es una mentira que se han inventado y nos hemos creído para poder  mantenernos como civilización en los límites de lo deseable y esperable, es una invención más de la necesidad de masificar deseos, sueños, expectativas y necesidades, así seguimos controlables y controlados y se mantiene el status quo, ese que genera ansia de poder, control y acumulación.

Frente a la crianza y la educación, que es lo que aquí nos compete, nos venden la “normalidad” como algo conveniente a nuestros intereses de adultos: con niños “normales” siempre puedes continuar con tus importantes actividades adultas, con tu correr detrás del sueño imposible que conseguirás después de la última compra, adquisición, premio o reconocimiento, que por supuesto te dejará con hambre de la siguiente compra, adquisición, premio o reconocimiento. En realidad de lo que tenemos es hambre de ser reconocidos y amados por quienes realmente somos, hambre de ser únicos y diferentes, así como lo fuimos antes de someternos.

Supongo que sobra decirlo, pero no conozco a nadie "normal", conozco gente ( y me conozco) que a fuerza de desamor, manipulación, presión, premios y castigos encaja más o menos en el molde pre-establecido. En realidad conozco distintos niveles de prisión.

No hay nada más antinatural que lo que se espera "normal" cuando eres niño (no toques, no te muevas, no hables, ahora no, espera, compórtate, siéntate bien) con ese molde no hay niño normal posible, hay niños y por ende adultos coartados y mutilados. ¿Por qué cómo niños nos adaptamos y normalizamos? Porque sentimos peligrar nuestra supervivencia  (creo que los seres humanos nos nutrimos de amor, calor, contención, respeto y entre más chicos mas imperiosa esa necesidad) con lo cual aceptamos el molde a cambio de amor (amor manipulado, pero amor) y porque, además esta sociedad está tan loca que a los niños les importa más la felicidad de los adultos y están dispuestos a entregar más a cambio de ella que lo que nosotros somos capaces de dar por ellos. ¿Irónico no?, Nosotros les damos la vida y luego se las exigimos, exigiéndoles la “normalidad” al servicio de nuestra felicidad. Robamos su vida al decirles qué, cómo y cuándo ser, al poner sobre ellos etiquetas y reglas “anormales” para hacerlos “normales” (funcionales y desconectados).

Lo que he ido entendiendo con el tiempo es que ser "anormal" no es difícil per se, el problema es crecer en entornos que premian la uniformidad y aíslan lo diferente, por eso una de mis grandes responsabilidades con Kyara es generar para ella un entorno respetuoso y enamorado de su “anormalidad”, tendiente a escuchar sus necesidades y deseos, a mirarla como única e irrepetible, dispuesto a decirle ¡tú puedes!, ¡yo creo en ti! y a exigirle que no acate, que no se acomode, que no sea lo que esperamos de ella. Y eso empieza por despertar y fortalecer mi propia “anormalidad” por re-encontrarme con aquella niña “anormal” tomarla de la mano y mirándola a los ojos decirle: sobrevivirás, te harás fuerte y serás feliz.

Criar en la diferencia, desde la mía y propiciando la suya, es también criar para aceptar la diferencia del otro, es apostarle a la rebeldía de ser distintos, de construir una sociedad donde quepamos todos y donde el punto de unión sea el respeto por la vida, la alegría de vivir y el amor por el hecho de existir.

Tal vez te interese
Nosotros los importantes

lunes, 25 de octubre de 2010

Enseñándome a ser mamá




Observarlos y escucharlos esa es la clave.
Ayer fuimos a un restaurante y en un momento Kyara me pidió ir al baño. Una mamá estaba cambiándole el pañal a su bebé y el chiquito lloraba sin parar. Kyara mientras hacía pis, nos lavábamos las manos y nos secábamos estaba atenta al llanto del bebé. Cuando nos íbamos se acerco hasta él y se quedo mirándolo. Finalmente la madre miró a Kyara y le dijo a su bebé: mira como te mira la nena, no te da vergüenza? Y luego miró a Kyara y le dijo: dile ¡basta bebé, no llores más! Kyara muy seria me miró y me dijo: Basta no mami, el bebé está triste y quiere mamá.

Cuánto me queda aún por aprender de ti hija! Cuántas veces habré dicho basta cuando tu sólo necesitabas mamá?
No es verdad que los niños no traen instrucciones para criarlos, ellos son las instrucciones.


Tal vez te interese

jueves, 21 de octubre de 2010

Criar para la desobediencia



¡A mis padres, eternos desobedientes!

En nombre del amor (es por tu bien), el sentido común (si todos lo hacen, si siempre se ha hecho así...) y la obediencia  (porque yo lo digo!) se comenten los peores crímenes.

Soy de la llamadas madre blandas, de esas que estamos criando un pequeño monstruo sin límites, egoísta, malcriado y anárquico! Uno que además se siente amado y contenido...pero esa es otra historia... en definitiva lo que yo estoy criando es una bomba atómica! ¿Todo por qué? Porque de corazón creo ( aunque no siempre logro practicarlo) que límites no es igual a órdenes (y por cierto para límites ya tiene bastantes con los naturales), que expresar las emociones es sano y la hipocresía enferma y sobre todo que: Estate quieta, no toques, responde cuando se te habla, calla cuando yo lo digo, no te ensucies, pórtate bien y la consabida ¡Por qué yo lo digo! son normas diseñadas para que yo como adulta no pierda mi zona de confort y ella como niña esté bajo control. Parece que dictar normas es el premio, el privilegio que hemos ganado por haber sobrevivido al autoritarismo de nuestra infancia.

Las estructuras sociales que hemos creado responden en la mayoría de casos a un orden militar; a una visión de oprimidos y opresores, de vencedores y vencidos y cada ser humano como un campo de batalla. Lo social lo manejamos desde la prohibición, el miedo, la amenaza, el control y la sumisión. Por supuesto la familia y la escuela como entes fundadores del orden social no se quedan atrás (más bien son pioneros).

Desde pequeños les decimos y les enseñamos que otros saben lo que es mejor para ellos, que aunque eso vaya en contra de sus necesidades y deseos otros pensamos por ellos mejor que ellos mismos y que el único lugar posible de habitar es la obediencia. ¿Cuántas veces al día escucho en otro, pienso y digo, reglas, normas que no están hechas para que tú (crezcas, estés contenido y protegido...) sino para que yo (no me haga cargo, no me esfuerce, no me cuestione...)?

Lo más peligroso es que nuestro niños con su infinito amor y su credibilidad en nosotros van amoldándose, perdiendo la voz de sus instinto; aprenden  a mirarse en nuestros deseos y expectativas,  en nuestros miedos y fracasos; se hacen buenos y malos chicos solo para darnos la razón, para que podamos seguir manteniendo la idea que lo que nosotros pensamos y sentimos por ellos es mucho mejor que los que ellos hacen por si mismos. Luego incluso tenemos la desfachatez de justificarnos con frases como: a mi me duele más que a ti!

Somos nosotros, como padres y maestros quienes les enseñamos el mundo en brazos de: no te pongas difícil, no me contestes, no se te ocurra desobedecerme. Somos nosotros quienes en primera instancia les enseñamos que lo más importante es que los adultos estemos contentos, cómodos, respetados en nuestros tiempos y necesidades y que ellos no son importantes ni amados sino en la medida que cumplen las normas establecidas y se manejen dentro de los límites del mundo que para ellos hemos creado. Les ponemos cosas tan absurdas como una campana para que les enseñe cuando deben salir al recreo y tener ganas de ir al baño y hambre y ganas de jugar y compartir con sus compañeros…Les enseñamos de un millón de formas distintas que para sobrevivir, ser amados y aceptados hay que ser obedientes (de adultos ya vendrá el desquite).

Es evidente que la obediencia es un lugar de comodidad y permanencia para quien la ejerce y un lugar de abandono, maltrato y mutilación para quien la vive. Pretende perpetuar un estilo de vida, una construcción del mundo que presupone y fomenta la existencia de jerarquías, de divisiones entre buenos y malos, mejores y peores. Es la obediencia la que sostiene es status quo, establece verticalidad, exclusión, competencia, polarización... todos estos sinónimos de violencia

¿Obediente ante quién? , ¿obediente para qué? me pregunto yo como responsable de este ser humano a quien hemos llamado Kyara,  porque no soy inocente y le debo a mi hija algo más que mirar para el costado. Cuando le enseño a obedecer, incluso en las pequeñas cosas , esas que supuestamente no tiene importancia le robo su felicidad, su libertad y autonomía y además, por encima de lo que crean muchos no es ante mí a quien responderá, ni a mi a quien conviene su obediencia sino a una sociedad que sigue discriminando, abandonando, maltratando, esclavizando, abusando.

Por eso, hago eco de la frase bandera de un importante movimiento colombiano "no parimos, ni criamos hijos e hijas para la guerra" y hoy  me lanzo a decir: yo no gesté, ni parí, ni voy a amamantar y criar para la obediencia. Así de paso me aseguro que no la educo para la guerra.


Post relacionados: